Dicen que la "memoria no guarda recuerdos, guarda fotografías" y aquella maleta marrón resulta que estaba cargada de ciento de ellas y además componían cientos de instantáneas del que se dice que fue el día más feliz de su vida, aunque prefería pensar que había sido sólo uno de los más felices, puede que uno de tantos que estarían por llegar... o no.
La piel de esa maleta marrón cada vez iba cobrando más vida y como el corazón de madera de Pinocho, sentía y padecía su encierro y un inerte sentido que cada vez iba siendo más y más profundo y trágico. Padecía una lenta agonía que podría durar toda su larga vida... la vida de lo que duran las fotografías sepias que la memoria no quiere borrar nunca jamás, ni desprenderse de ellas por temor a eliminar partes de la esencia que componía su compleja existencia con sentido.
Puede que el lugar que le correspondiera a aquella pesada maleta fuera justo aquel y no tuviera que viajar por ningún camino, o puede que hubiera echado ya a caminar por una senda infinita de la espera eterna que sólo termina cuando el ciclo del sentido acaba, o cuando fuese capaz de comprender que la ecuación que planteaba ya no era tal ecuación.
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